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jueves, 22 de noviembre de 2012

Morder la mano que te da de comer



Hará treinta años o poco menos, mi cuñada Ángeles llegó a mi casa con un pequeño cachorrito, era un perrillo negro con una manchita blanca en el pecho, era tan pequeño que cabía en la palma de la mano. El perrito se trataba de un Retriever de labrador al que llamamos Yordi como si de un catalán se tratara.
 
El perrito era la jartá de bonito, pero tenía un problema bastante grande que se agravó con su crecimiento, era muy agresivo, mordió a toda la familia, nadie se libró de sus mordeduras y se hizo muy violenta la convivencia con el perro.
Esta situación conllevó a que se pensara en deshacernos del perro. Se encontró una gente que tenían un campo en El Colorado que se hizo cargo de Yordi, vinieron a recogerlo en un coche furgoneta, creo recordar que era un Renault 4 y se lo llevaron. Pero ahí no queda la cosa puesto que un día mi primo Raúl y yo decidimos coger nuestras bicis e ir a ver si lo veíamos, más que nada porque, aunque fuera un perro agresivo lo echábamos de menos.
Era un sábado y nos fuimos tempranos, llegamos hasta El Colorado y empezamos a buscar por la zona algo que nos diera información sobre ese campo y sobre esa gente que “adoptaban” perros, y no vimos nada hasta que entramos en la Venta del mismo nombre, y allí preguntamos. La casualidad fue que alguien nos dijo que se había visto por allí un perro de esas características que se montaba en los coches, el animal pensaría que si llegó hasta allí en uno otro lo llevaría hasta nuestra casa, y que el perro se lo había llevado un señor que tenía un campo al que nos dijeron como llegar y llegamos.
Y allí estaba Yordi, la alegría que le entró al vernos el animal fue enorme, hablamos con el paisano y le contamos la situación, y nos dijo que si queríamos llevarnos al perro, que él no pondría inconvenientes.
Nos fuimos y nos volvimos a Cádiz hartito de pedalear, hasta que llegué a mi casa, le dije a mi padre que lo había visto y le conté todo lo ocurrido hasta que dijo que íbamos a ir a recogerlo, y así hicimos.
Fuimos lo recogimos, paramos en todas las ventas habidas en la carretera y llegamos a nuestra casa con el convencimiento de que Yordi había aprendido la lección, pero no fui así, siguió siendo un perro agresivo y acabó por tener que entregarlo otra vez, pero esta vez para no recogerlo más.
Esto es lo que ocurrió por su agresividad, en las personas pasa lo mismo, quien es agresivo, ya sea de acción o de conversación, termina por separarse de esa gente que los ha querido. Y esa gente que aunque no te dé de comer de su mano, si te dan un aprecio que se debe de valorar, pues no siempre terminan por dar otra oportunidad, como mi familia dio en este caso y entre otras cuestiones a un animal.
Salud y libertad.

2 comentarios:

Carla dijo...

Aquí estoy.

Paco Rodríguez dijo...

Pues nada Carla ya he visto que estás ahí, pero ¿te llamas de verdad Carla? o escondes tu verdadero nombre.

Salud.